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Negociaciones III

SPIKE:

Mi Sire nunca se ha destacado por su perspicacia, precisamente. Es decir, se las apaña para no salir muy mal librado en algunas cosas, pero en otras, actúa como un perfecto subnormal. Como un perfecto subnormal con un pelo estúpido, claro. Es incapaz de ver lo que tiene delante de las narices. Debe ser toda esa gomina que se pone que se le filtra hasta el cerebro.

Es una trampa. El Patriarca le ha metido en una intrincada tela de araña, de la que no va a saber salir solo. Menos mal que me tiene a mí para salvarle ese culo gordo que tiene. Le dice palabras bonitas, le tiende un mamotreto de unas mil páginas y le manda a negociar con ese otro Patrocinio que debe ser una Bestia Parda. Y aquí está, mi tonto Marica, feliz y contento, sin comprender que, no importa como resulte esto, vamos a seguir perdiendo. Porque si consigue la tregua, todo será mérito del Patriarca y nosotros nos ganaremos el odio de los que no la quieren, que parecen ser la mayoría, por lo que me dijo ese tipo. Y si no la consigue, todo será culpa suya, y nos ganaremos el odio de los que sí la quieren, que son pocos pero poderosos.

Ángel es único para meterse en estos líos. Así se lo digo, gritando y gesticulando todo lo que me permite esta condenada limosina, que es más grande que nuestro apartamento, y que nos lleva inexorablemente a la que será nuestra muerte. La definitiva, quiero decir.

Pomposamente, Dios, cómo me cabrea a veces, me acusa de ser un descreído malpensado incapaz de ver las buenas intenciones de los demás. ¿Buenas intenciones? ¡Y una mierda! Pero antes de que pueda replicarle, Ángel usa su arma infalible. Extiende el brazo sobre el respaldo del asiento, con gesto descuidado, y empieza a alborotarme con las yemas de los dedos el cabello de la nuca, rizándomelo. Maldita sea, me tiene totalmente atrapado y lo sabe y empieza a hablarme de más diplomacia y tacto y colaboración de los sujetos y la minimización de las fricciones y blablablá blablablá con esa voz suave e íntima que sabe que tanto me gusta... ¿Y qué hago yo? ¿Le aparto la mano indignado y le rebato con una de esas agudas réplicas mías que lo dejan sin argumento? Noooooooooooooooooo, para mi gran vergüenza, me arrellano en el cuero y empiezo a ronronear, desvergonzadamente. Parezco el motor de un coche en marcha mientras él me encandila con el fomento de las relaciones amistosas, la necesidad de llevar a cabo una actividad esencialmente política y todas esas monsergas. Incluso llego a prometerle, ¡una vez más!, que seré un buen niño y me portaré bien.

Dios, ésta me la va a pagar.
Tags: spangel
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