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Negociaciones IV

Satisfecho, Ángel vio cómo su childe se iba derritiendo prácticamente en el cuero. Era algo que nunca le fallaba. Sabía que, más tarde, se lo haría pagar, de alguna manera, pero desechó la idea de momento. Spike desmadejado y casi relamiéndose era una visión más que digna de contemplar.

Todo lo que le había dicho, entre grandes aspavientos y terribles maldiciones, era más que razonable, pero la tarea le resultaba embriagadora: poner fin a una guerra que duraba siglos. Ya estaba harto de guerras y muerte y sufrimiento. Merecía la pena el riesgo.

Y era el primer trabajo que les habían ofrecido en semanas.

Y se les acababa el efectivo.

Y, a pesar de las protestas y rabietas y palabrotas, Spike permanecería a su lado y si las cosas se ponían feas y tenían que huir, confiaba plenamente en la capacidad de su childe de encontrar la más insólita manera de escabullirse y ponerlos a salvo a los dos. Era un don, sin duda.

La limosina se paró, Ángel paró los dedos, Spike paró de ronronear.

“Spike…”

“Sí, seré diplomático, cerraré la boca. Que te follen”, gruñó.

“Quizás más tarde”, intentó aligerar el humor.

“Eres patético, ¿sabes? Lo más seguro es que salgamos de aquí, si salimos, con el culo escocido de tanta polla como van a meternos. Este Patriarca…”

“No, este que vamos a ver ahora es el Patricio de los Ba’wda… “

“Este Loquesea debe ser un hueso duro de roer, y no quiere la tregua. ¿Por qué, si no, te ha buscado tan encarecidamente el Patriarca? Quizás esta guerra le conviene, porque le proporciona todo tipo de beneficios. Si vive de la destrucción no va a aceptar, Ángel. Saldremos escaldados y jodidos, ya lo verás. Pero si eso es lo que quieres, entremos. Luego no te quejes si no podemos follar en años”.

El Patricio los recibió en un despacho no menos aparatoso y recargado, sin guardaespaldas, para alardear de poder y confianza en sí mismo. Se levantó majestuosamente del sillón que ocupaba y, sonriendo tibiamente a Ángel, se adelantó, ofreciéndole la mano. Pero las palmas nunca llegaron a tocarse, porque el Patricio echó una ojeada a Spike, medio oculto tras su Sire, sonrió mostrando todos los colmillos y abrió ampliamente los brazos hacia él, con el obvio propósito de ahogarlo, al parecer.

“¡William the Bloody, qué honor más inmerecido! Siempre he deseado, no, ansiado, conocerte personalmente desde que oí hablar de tus famosísimas orgías en Capri, imitando las de Tiberio…Llegaron a decirme que incluso las superaste con tu inagotable depravación…”

Mucho más tarde, cuando reflexionó sobre lo sucedido, Spike llegó a la conclusión de que fue en ese momento cuando las cosas empezaron a torcerse irremediablemente.
Tags: spangel
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