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Negociaciones V

SPIKE:

“¿Orgías en Capri? ¿Inagotable depravación?”, me susurra con voz de hielo mi Sire, taladrándome con los ojos.

Sí, vale, ese es un de mis sucios secretitos del pasado del que nunca le he hablado, precisamente porque no quería que se enterara. En serio, me enerva cuando saca a relucir su insoportable vena celosa ultraposesiva. No es que lo haga muy a menudo. Tampoco es que yo le dé motivos para ello, si vamos a eso, pero a veces, sin causa aparente, me parece a mí, esa vena explota.

“¡La culpa fue de Dru!”, susurro a mi vez para aplacarlo, “Ya la conoces, le gusta disfrazarse y figurar ¡Todo fue idea suya! Yo solo…”

Pero no puedo seguir porque el Patronazgo me coge de los brazos, me gira hacia él y comienza a palparme de tal manera que, en un primer momento, creo que me está cacheando en busca de un arma oculta. Lo cual es más que lógico. Pero cuando su mano se demora con sospechosa frecuencia en cierta parte, muy bien armada, todo hay que decirlo, como si quisiera sopesar su calibre, miro inquieto a Ángel para ver si se ha dado cuenta. Pero el Patrocinador es grande y se ha puesto entre los dos como una indestructible muralla y como sé lo importante que es este trabajo, esta misión, para él, no hago un escándalo. Actúo lo más diplomáticamente que puedo, me quito de encima los insistentes tentáculos de este peludo pulpo y rodeándole como una pequeña torre, me refugio detrás de Ángel.

“No, no llevo armas”, intento disimular, “Él tampoco”

Pero mi Sire se ha olido algo porque de su pecho empieza a surgir un poderoso rugido bajo que resuena por toda la habitación y no presagia nada bueno. Incluso aparecen los primeros bultos de la frente. No, nada bueno.

El Patronato se apresura a volverse a él, las dos manos extendidas: “Y no olvidemos al Eximio Ángel, Benefactor de la Infecta Humanidad, Excelso Negociador y Hombre-Demonio de Paz. Me colma de infinito orgullo tener el privilegio de entablar un posible pacto con tal Eminencia. Jamás hubiese aceptado de haberse tratado de otro Estadista”.

Las alabanzas ablandan, aparentemente, a Ángelus. No puede evitarlo. Al Maricón le encanta que le endulcen el oído. Es tan fácil de manejar. Un puchero y lo llevo a donde me apetece, unas palabritas bien escogidas y lo tengo comiendo de mi mano.

El Proscenio aprovecha la ocasión para cogernos del brazo y llevarnos a una zona más acogedora: un sofá y dos sillones rodeando una mesita llena de extrañas figuritas. No hay duda que a este demonio le encanta jugar con fuego, porque casi nos tira a los dos extremos del sofá y él se instala en medio, desbordando su mole de tal manera que Ángel y yo tenemos que inclinarnos adelante o estirar el cuello atrás si queremos vernos.

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Tags: spangel
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