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Oscuridad (Spangel TP)

Nuestros dos chicos, de nuevo, en algún momento tras NFA. La verdad es que todo lo que se me ocurre tiene lugar en una supuesta sexta temporada.

DISCLAMER: estos personajes pertenecen al privilegiado cerebro de Whedon que, tanto nos ha hecho disfrutar y SUFRIR. Yo soy más modesta y solo pretendo que olvidéis el tórrido calor un ratico. A ver si lo consigo.


Oscuridad

Parpadea en la oscuridad. No quiere dormirse. Mira intensamente la figura que duerme a su lado, pero los ojos se le cierran de sueño.

Se estira para cogerle uno de los cigarrillos que siempre guarda en su mesita de noche, se recuesta en la cabecera y lo enciende. Cualquier cosa con tal de estar despierto cuando ocurra. Porque va a ocurrir. De nuevo. Lo supo desde que lo vio entrar por la puerta. Desde antes incluso.

Fuma concienzudamente, como si lo disfrutara, sólo para mantener la mente ocupada y no caer rendido.

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Habían sabido desde el principio que era un intento inútil. Una llamada, dos direcciones opuestas, una chica a la que salvar. Apenas tenían tiempo, fue una carrera desesperada, arañando segundos, cada uno a un lugar diferente, rabiando porque sabían que ya era tarde, demasiado tarde, incluso antes de separarse en las alcantarillas.

Había corrido hasta perder el resuello, con un mantra atormentándole la cabeza, un mantra que repetía una y otra vez: " Por favor, por favor, que la encuentre yo, que la encuentre yo"

Y cuando llegó a su destino, un almacen vacío, sintió el deseo de dejarse caer al suelo y llorar.

De alivio.

Porque no había un cuerpo casi infantil y destrozado que recoger y llevar a una familia desconsolada.

De compasión.

Porque la dirección que había tomado Spike era la correcta y en aquellos momentos estaría acunando a una chica muerta, llorando quizás. Sólo quizás.

Cuando volvió a casa, antes que él, se sentó a esperarlo, incapaz de hacer nada o pensar en algo más que mirarse las manos.

Una hora.

Y otra.

Y otra.

Levantó los ojos cuando oyó la puerta abrirse. Spike entró, un poco tambaleante, una botella en la mano, el labio inferior sobresaliendo, el abrigo que parecía venirle más grande que nunca.

Se puso en pie:"Spike..."

Los ojos azules se clavaron en él, inflexibles, gritándole mudamente: "¡No te acerques! ¡No me hables! ¡No me mires!"

Asintió, sin decir nada. Spike no iba a permitirse un momento de debilidad, ni siquiera delante de él. Siempre jugando a ser el Chico Malo, siempre actuando como si no tuviese un corazón fácil de romper, con su a veces insoportable actitud de arrogante gallo de pelea, escupiendo desafiante a la vida y a la muerte, siempre batallador y rebelde .

En silencio, lo vio refugiarse en el baño y sólo entonces dejó escapar el aliento que había estado reteniendo sin darse cuenta.

En esta ocasión, su compañía no sería bien recibida bajo el agua. Suspiró y fue a la cocina a calentarle una taza de sangre que, seguramente, no se iba a tomar. Pero necesitaba hacer algo. Moverse.

La ducha duró mucho tiempo. Demasiado para un vampiro más bien pequeño. La sangre se enfrió y la recalentó. Dos veces. Al final, la tiró por el desagüe y fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba respirando con largos y entrecortados jadeos, como si se ahogara. Igual que cuando entró en el almacén y lo vio vacío.

Consiguió no volverse cuando lo oyó salir del baño, se dedicó a limpiar la taza y la pila con una concentración digna de una mejor causa. Pero no dejó de percibirlo con los otros sentidos. Olió la deliciosa mezcla de piel y jabón. Olió la amarga combinación de cólera y dolor. Olió la sal de las lágrimas no vertidas. Lo oyó moverse por el cuarto, gruñendo, como si buscara algo. Lo oyó dejándose caer pesadamente en el sofá, coger el mando y encender la televisión.

Dejó pasar un tiempo más que prudencial y solo entonces se volvió a mirarlo. Envuelto en el enorme albornoz que le colgaba por todas partes y le daba esa falsa apariencia de fragilidad. Mordiéndose compulsivamente las uñas, royéndose el esmalte, totalmente ajeno a lo que ocurría en la pantalla.

Se limitó a esperar que el cansancio, la bebida y la pena pudieran más que su voluntad y, cuando se quedó dormido, lo cogió, le quitó el albornoz y lo metió en la cama.

Lo miró unos instantes antes de apagar las luces.

Tomó una ducha rápida y se echó a su lado. Spike masculló algo y se puso de costado, dándole la espalda.

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Le da tiempo a fumarse dos cigarrillos más antes de que Spike empiece a removerse.

Siempre es igual. Movimientos inquietos de brazos y piernas, respiración que se hace cada vez más jadeante, puños que se aprietan, un sonido que parece una negación. Y de pronto estalla, como un dique al que abren las compuertas.

Y aunque siempre está pendiente, cuando lo rodea con los brazos, Ángel mece un cuerpo tembloroso que ya se convulsiona, como si sufriera un ataque epiléptico, en sollozos desgarradores, entrecortados, dolorosamente amortiguados por los puños que se muerde, empapando la almohada de lágrimas que no parecen tener fin. Aprieta el cuerpo menudo contra el suyo, le hociquea los rizos de la nuca, le susurra torpes y deshilvanadas palabras de consuelo: "No es culpa tuya...No podíamos hacer nada y lo sabes. Pero lo has intentado y eso importa. Importa, Spike. Importa que estés ahí y luches. No podemos ganar todas las batallas, no podemos rescatar a todas las chicas en peligro...Pero salvaremos a otras, muchas otras...No te derrumbes, Spike, no te derrumbes..."

Repite esta retahíla una y otra vez, no sabe si él las escucha, pero necesita decirlas, necesita creerlas. Necesita, él también, convencerse de que lo que hacen, importa, aunque no siempre ganen. En esta lucha sorda, inacabable y sucia, sólo tienen el consuelo del otro y si uno cae, el otro le seguirá. Y tienen que ser fuertes y completos, tienen que estar juntos si quieren sobrevivir. Y sigue repitiendo sus palabras, incansablemente, sigue abrazando el cuerpo que cada vez tiembla menos y menos, hasta quedar quieto y Spike deja de llorar y su respiración es de nuevo profunda y tranquila.

Sólo cuando, al cabo de un tiempo, Spike olisquea el aire y rueda en sus brazos, buscando su postura habitual, la cara enterrada en la curva de su garganta y un posesivo muslo rodeándole, se permitte cerrar los ojos.

Comienza a adormecerse pensando que, al día siguiente, Spike olerá las lágrimas en la almohada y rodará los ojos: "Joder, ya casi soy tan marica como tú". Pero no hablarán de lo que ha ocurrido. Nunca está seguro si Spike se despierta cuando llora con tanto abandono, cree que no, pero nunca se lo pregunta. Es una de esas cosas de las que no hablan.

De pronto, Spike levanta la cabeza, le huele el aliento:"¿Te has fumado mis cigarrillos? Maldito gorrón", su voz es una divertida mezcla de indignación y sueño y, cuando vuelve a acomodarse en su hombro y suelta un suave ronquido, Ángel no puede evitar sonreír en la oscuridad.
Tags: spangel
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